Somos almas perdidas en este mundo. Andamos en busca de un destino, sin saber qué nos deparan los hados. Aprendemos a soñar, a amar todo cuantos nos rodea, a construir. Y, a su vez, la insuperable capacidad de odiar nos lleva a destruir en pocos segundos lo que tardó años en contruirse. Es indudable, entonces, que vivimos en un mundo cruel. La oscuridad se manifiesta de mil modos diferentes; construye máscaras con la piel y escoge las vestimentas más hermosas que puedan concebirse. Y la Luz, oculta en nuestros ojos, se debilita cada vez que la maldad avanza sobre nosotros. Pero ¿qué podemos hacer? Luchar por nuestros ideales, apegados a la esperanza, nos ha demostrado cientos de veces que somos insignificantes ante los designios del Mal. ¿El mundo va a cambiar algún día? Nadie puede saberlo. Sin embargo, en la oscuridad de los peores momentos, existe un pequeño rayo de luz que cae con el amanecer de cada día. El amor, en todas sus formas admirables, es el mayor de los tesoros que poseemos. Y quienes hayamos contemplado un poco de su magnificencia, podemos afirmar que aún sobran motivos para luchar... Porque, en tanto quede un poco de amor en el mundo, la oscuridad podrá ser derrotada.
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